El cristo de mi cama está derramando llanto,
sus ojos vierten lágrimas, y sangre por su costado.
Me mira con ternura y dolor en su mirada…
yo por consolarlo, impotente, no hago nada.
Sin duda, su congoja es causada por nosotros.
Que hemos dejado de lado todas sus enseñanzas,
Desvirtuado el mensaje que, otrora nos dejara,
Sembrando el temor a Dios en todos los creyentes,
Ignorando que Él es amor creador de todo lo existente,
Dividiendo a los hombres con distintas creencias.
Presumiendo que poseemos la verdad absoluta,
Ser dueño del mensaje dejado en tu enseñanza,
Sintiéndonos orgullosos de ser los elegidos,
Despreciando, por tanto, a aquellos que no coinciden.
Proclamando a los vientos que ya estamos salvados
Y los demás, por no estar con nosotros; condenados.
Que grandes motivos para llorar, maestro amado.
No han sido suficientes dos mil años,
Para entender la esencia de todo tu legado.
Otros, por el contrario de ti sean olvidado
Y olvidado también ese gran mandamiento:
Todos somos hermanos, hijos de un mismo Dios.
De amar a tu enemigo, como a Ti, y a uno mismo.
Olvidamos el amor, ahora impera el egoísmo.
No hacemos el amor, pero hacemos la guerra.
Y aquellos que se dicen tus enviados en la tierra,
Representantes del hijo de Dios, del hijo hombre
Tus ministros, pastores, predicadores de tu obra
Lucran con tus palabras, son ricos con tu nombre.
Hace falta sin duda, tu segunda venida.
Que nos dé una esperanza, que nos otorgue luz
Y sacar del infierno nuestras almas perdidas.
Pero… mejor no vengas, quédate allá, Jesús.
Porque puede que aquí, revivan tus heridas.
Y te den como premio nuevamente una cruz.