No sabes el filo que me habita esta noche,
un veneno lento que aprendió a decir tu nombre.
Se acabaron las formas, los gestos correctos,
hoy solo queda esta hambre de quemar lo que fuiste.
Te imaginé en la mesa de mis ruinas,
con el orgullo servido como carne fría,
masticando el eco de todo lo que rompiste
mientras el fuego hacía su trabajo en silencio.
Quise creer en vos, y eso fue el error más limpio:
darle un lugar sagrado a lo que venía a pudrirse.
Ahora entiendo,tarde, pero claro
que hay presencias que no aman… solo consumen.
No te odio por lo que hiciste,
te odio por lo que me obligaste a ver en mí:
la parte que mendiga, la que insiste,
la que se queda incluso cuando ya es ceniza.
Que la vida te devuelva sin prisa lo que sembraste.
No como castigo, sino como espejo.
Hay destinos que no necesitan verdugos,
se pudren solos con el tiempo.
Hoy no brindo por tu caída.
Brindo por este instante exacto
en que dejo de nombrarte.
Porque al final,
no eras el incendio…
eras apenas el humo.