Cuando me alcanza la noche
hay un murmullo,
no voz:
algo que respira
mar adentro.
Ese vaivén
| lento |
en el centro del pecho.
La luz no se apaga,
se queda
aprendiendo a no invadir.
Y la sombra
no es ausencia:
es un lugar tibio
donde quedarse.
Se toca el silencio
en lo mínimo:
el arco de la espalda,
una forma de sostener
sin cerrar.
El deseo
ya no empuja.
Se aquieta
en la piel.
Y en ese ritmo hondo
la ternura
empieza a arder.
Un instante abierto
deslizándose por la piel,
como un recuerdo
que aún tiene cuerpo.
No hace falta nombrarlo.
Está.
Cuerpo desnudo.
Río de silencios.
Y un latido
—solo uno—
que sabe
exactamente
dónde quedarse…
sin pedirlo.
La 💙 Gitana