El viento sopla sosiegos
a las copas de los árboles
Acrópolis, tan solitaria,
tan cerca del cielo,
con menos color que abajo,
ni el calor del vino y el pan.
Nubes glaciares rumbo al Edén
tundra inerte como el infierno;
mares entre desiertos, dentro de ellos
navegan balsas las arenas del fondo
Luceros del ocaso enrojecen
la tristeza perdida en el horizonte;
estatuas de sal despiden la luz
al hospicio eterno —arriba y abajo—
El perpetuo azul marino.