Es curioso cómo se entretejen la certeza y la duda,
cómo la vida, con una mano,
nos deja tocar el cielo
y, con la otra,
nos arrastra hasta sus infiernos más íntimos.
Por eso hoy vuelvo a una palabra
que no me abandona: hecatombe.
La digo y me recuerda aquel poema
que siempre me deja lágrimas,
porque huele a despedida,
porque tiene la forma de lo que se pierde,
y porque algún dios sabe
que de ti
yo nunca quiero irme.
Y, sin embargo,
fue en medio de un día así,
lleno de tensión, de ruido, de peso,
marcado por uno de esos eventos de tu vida
que llegan a desordenarlo todo,
que terminó naciendo algo hermoso.
Como si el destino, cansado de ser cruel,
hubiera decidido compensarnos
con una noche improbable.
Una noche que nos tuvo realmente juntos,
la única en que el cansancio, el caos y las horas
acabaron rindiéndose
para dejarnos un recuerdo limpio,
mágico,
casi absurdo de tan bello.
Me dejaste entrar un poco más
en ese círculo cerrado de tu mundo,
y allí se forjó algo que ya no se borra:
nuestro primer recuerdo público,
la foto que ahora reposa en nuestra memoria
guardando no solo nuestros rostros,
sino el escenario entero de aquella noche:
tu fuga,
las risas,
lo improbable,
la extraña felicidad de habernos encontrado bien
en medio de todo lo que podía salir mal.
Estoy seguro de que algún día
esa escena volverá en la memoria de tus amigas,
y que la contarán como se cuentan las noches raras
que primero parecen torpes
y después terminan pareciendo inolvidables.
Desde que llegaste
todo en mí ha sido cambio,
pero del bueno,
del que endereza,
del que ordena,
del que devuelve fe.
Hay cosas que no habrían ocurrido sin ti,
formas de mirarme,
formas de sostener mis días,
que no existirían si no hubieras aparecido.
Por eso muestro nuestra foto con orgullo,
con una sonrisa imbecil que no sé esconder,
de quien sabe, sin decirlo del todo,
que está mirando una prueba
de lo mucho que ama.
A veces la certeza se me dispersa
cuando creo ver tus dudas,
cuando mis errores y mis torpezas
se mezclan con todo lo que aún no sé resolver,
y me pregunto si tu balanza
alcanza a pesar con justicia
lo que te he dado
y también lo que he fallado.
Pero luego recuerdo esa noche,
y recuerdo algo más simple y más verdadero:
yo soportando tu sonrisa
como quien se aferra a una luz que le salva el turno,
y tú soportándome a mí
con esa paciencia tuya
que vuelve más amable incluso el desastre.
Y entonces entiendo que así te amo:
no solo con la pasión,
no solo con la belleza,
sino con el deseo profundo
de sostenerte en el caos,
de quedarme en tu hecatombe si hace falta,
de ser para ti un amor que no huye
cuando más tiembla el mundo.