Ya no
Hermosa
No te olvides.
Nos salvamos
—te salvé y me salvaste—.
Era tanto el deseo
esa urgencia de ser
el uno en el otro
que olvidamos lo oscuro.
Pero estaban ahí.
Tus demonios y los míos
tan distintos
tan feroces
que acabaron por morderse
por comernos
por dejarnos así:
deshechos
solos
finalmente salvados de nada.
Ahora mi pensamiento es una legión de agujas hilvanando mi nombre al muro del espanto.
Te marchaste como se desvanece la siesta,
esa pequeña muerte vespertina
envuelta en jirones de nubes.
Tu alma era húmeda,
terriblemente joven como el rocío,
esa transpiración de la tierra que el cielo reclama
con la misma sed con la que bebió mis lágrimas;
cien mil gotas convertidas en granito,
un altar de muecas fúnebres
que arrastré por el pasillo como un torrente de lumbre.
Tú no moras en una construcción; eres la fisura que la sostiene.
Escribes con el trazo de los desterrados,
con la caligrafía herida de quienes no se hallan sitio
entre los que fingen cordura.
Dejaste el viento con ese sabor a lo que termina,
a ceniza blanca y a silencio de alcoba.
Careces de semblante, eres solo un despliegue de piel vítrea entregándose al abismo.
Te fragmentas frente al espejo, te nutres de hollín y te ocultas tras la descarga eléctrica.
Allá, donde la claridad es un fallo del iris, bebes cada uno de tus descuidos.
No queda rastro de tu paso en la tierra
porque tú habitas la cicatriz del aire,
amando, siempre, en el corazón del relámpago.
m.c.d.r