marco romero

Ya No

Ya no 

 

Hermosa 

No te olvides.

Nos salvamos

—te salvé y me salvaste—.

Era tanto el deseo

esa urgencia de ser

el uno en el otro

que olvidamos lo oscuro.

 

Pero estaban ahí.

Tus demonios y los míos

tan distintos

tan feroces

que acabaron por morderse

por comernos

por dejarnos así:

deshechos

solos

finalmente salvados de nada.

 

Ahora mi pensamiento es una legión de agujas hilvanando mi nombre al muro del espanto.

 

Te marchaste como se desvanece la siesta,

esa pequeña muerte vespertina

envuelta en jirones de nubes.

 

Tu alma era húmeda,

terriblemente joven como el rocío,

esa transpiración de la tierra que el cielo reclama

con la misma sed con la que bebió mis lágrimas;

cien mil gotas convertidas en granito,

un altar de muecas fúnebres

que arrastré por el pasillo como un torrente de lumbre.

 

Tú no moras en una construcción; eres la fisura que la sostiene.

 

Escribes con el trazo de los desterrados,

con la caligrafía herida de quienes no se  hallan sitio

entre los que fingen cordura.

 

Dejaste el viento con ese sabor a lo que termina,

a ceniza blanca y a silencio de alcoba.

 

Careces de semblante, eres solo un despliegue de piel vítrea entregándose al abismo.

 

Te fragmentas frente al espejo, te nutres de hollín y te ocultas tras la descarga eléctrica.

 

Allá, donde la claridad es un fallo del iris, bebes cada uno de tus descuidos.

 

No queda rastro de tu paso en la tierra 

porque tú habitas la cicatriz del aire,

amando, siempre, en el corazón del relámpago.



m.c.d.r