Se quedó en mi vida
como se quedan ciertas luces
cuando uno cierra los ojos.
La noche la trae
con una ferocidad ridícula.
No la llama. La pide.
Se asienta despacio,
como una niebla que ya me conoce.
Cuando la sueño no empiezo por ella,
empiezo por un ruido
en alguna esquina de la ausencia.
Se me planta delante, innegable,
con esa costumbre
tan suya de existir demasiado.
Más viva incluso
que en la vigilia, más cierta
que cualquier cosa que haya tocado.
Como si supiera
que ahí no puedo disimularla,
en sueños actúa con descaro;
y el mundo, ese impostor,
se vuelve un lugar
sospechosamente exacto.