Uriel F

Florecer en Michigan

Algo cede
sin romperse.

Se afloja
desde adentro,
como si supiera
cuándo.

Lo que estaba unido
se separa
con cuidado,
sin prisa,
sin ruido.

En la discreción
de lo cotidiano.

Con la delicadeza
que la tierra concede,
lo mínimo
empieza a embellecer
lo que toca.

Surgen formas
que no estaban,
o que no se veían.

Nada estalla.

Todo se abre
lo suficiente
para dejar pasar
la luz.

Y en ese gesto mínimo,
casi imperceptible,

el mundo
se vuelve más claro,
más habitable—

aunque sea
por un instante.