Me miro y no me encuentro en el cristal de esta mañana fría,
soy un mapa de sombras en una ciudad que no me reconoce.
Hay un ruido constante, un juicio feroz que no se calla,
una voz que me susurra que el brillo es solo una trampa del roce.
¿Quién es este extraño que habita bajo mi propia piel?
¿Por qué pesa tanto el aire cuando intento simplemente respirar?
Me siento como un náufrago ciego en un océano de papel,
buscando una orilla firme donde, por fin, pueda descansar.
Levanté paredes de escarcha y armaduras de puro acero
para que nadie viera la grieta que me divide el centro.
Me volví un experto en el arte de ser siempre el primero en huir
del incendio que devora todo lo que llevo por dentro.
Pero el miedo es un perro fiel que sabe muy bien esperar,
que muerde el silencio justo cuando la última luz se apaga,
y me obliga de nuevo a tener que dudar y a tener que temblar
por cada palabra dicha y por cada huella que el tiempo me paga.
Es el vértigo dulce de querer saltar al vacío y volar,
mezclado con el ancla de hierro que me amarra siempre al suelo.
Es querer ser fuego ardiente y no saber ni siquiera cómo quemar,
buscando entre el lodo del camino un pequeño trozo de cielo.
\"¿Seré suficiente?\", pregunta el latido roto y perdido,
mientras el mundo sigue afuera su danza indiferente y veloz.
Soy el eco herido de un sueño que se siente ya casi extinguido,
el juez implacable y el reo que ha perdido su propia voz.
Que caigan las vendas de una vez, que se rompa este disfraz,
que el frío me toque el alma sin tener que pedirme permiso.
Acepto esta guerra interna solo para encontrar algo de paz,
y habitar, aunque duela, este paraíso que siempre es impreciso.
Vulnerable y real, sin muros que me tengan que ocultar,
aunque el suelo tiemble bajo el peso de mi única verdad.
Es hora de aprender a mirarse y dejar, por fin, de dudar,
y abrazar con fuerza el abismo de mi propia inseguridad.