La ventana en el jardín
está triste y sola.
La ventana espera.
No ve colores ni flores.
No siente aromas,
ni fragancias,
ni hedores.
Está triste.
No nota las raíces de todo lo vivo,
penetrando y rompiendo la tierra.
No siente el llanto en el aire.
Es ajena a los pétalos y cortezas,
a las piedras y plumas,
a las escamas y pieles,
a los cuchillos
que cortan el cielo
para ver como sangra.
Está sola.
No la calienta el Sol
ni la enfría la Luna.
No sabe de días ni noches,
de amaneceres ni ocasos.
Está triste.
No tiene pareces que la contengan,
ni cimientos que la anclen.
No tiene ladrillos,
ni cemento al que agarrarse.
Está sola.
No la vuelan los pájaros en su aire.
No la tiñe el polvo con color de tierra.
No la moja el agua ni la quema el fuego.
Está triste.
Los árboles y las flores
no la quieren vecina a sus raíces.
No es alimento de termitas
ni trapecio de arañas.
No tiene visillos que la vistan de novia.
No hay cortinas gruesas que la tapen como viuda.
La ventana en el jardín
está sola y triste.
Espera unos labios
que arañen sus cristales con palabras,
que los empañen de besos.
Añora las manos que desconoce,
llenas de suavidad y caricias.
Unas manos que pongan vida
en sus hierros y maderas.
Ofrece alfeizar
para reposar cuerpo,
para descansar alma,
para que te quedes a vivir en ella.
Se entrega toda
por cuatro macetas
de geranios o claveles,
por una rosa,
por un lazo blanco de seda
o por cualquier tela negra.