Un paisaje árido, poblado de polvos cósmicos mezclaba su esencia de piedra y arena en colores metálicos, ríspidos, difíciles de entender.
Sutiles paletas de colores que no concordaban en su brillo, aletargaban la mística de ese lugar desconocido, perdido en el tiempo, en las distancias y en la plena memoria de quién esperaba allí; cristales mareaban hasta las definitivas sombras que se proyectaban ariscas en decenas de dunas inmóviles.
Él esperaba paciente. Toda su vida lo había deseado, llegar allí y enfrentar al monstruo que sacudía tronando ruinas y desesperación en forma permanente en cada uno de los hombres que habitaban su aldea.
Su máscara hecha casco, su armadura pesada sobre los hombros, su inquieta mirada iluminaba lo que parecía un infinito, un desierto inconmensurable, no definible, difícil de entender.
Pasaron horas y un velo antiguo cayó del cielo que ya se apagaba en un ocaso terminal que temblaba los tiempos.
Sin embargo, él siguió esperando. La artera espada relucía aún en sus manos atrapando cada instante de luz, cada mota de polvo, de arena y a pesar de ello, del espanto que sentía por su adversario, su espíritu no se doblegó.
Cercana al alba fue por fin su lucha y su tormento. Su propia inmolación pergeñada por años de espera, por sus deseos de gloria.
Atravesando el árido paisaje lo vio, vio el humo gris del monstruo, de sus fauces iracundas, vio sus ojos ardidos e implacables, su esencia metálica y su tronar sonoro e imposible que abrasaba oídos y hacía temblar todo lo que su ser de incógnita naturaleza atravesaba.
Lo esperó, sacó su espada y su escudo y decidió cercenar su cabeza aunque le costara la vida.
En un instante sucedió.
El conductor no pudo parar esa mole que denunciaba el avance de la civilización, hizo sonar su bocina en forma alarmante y el gladiador de los tiempos que había esperado ese instante toda su vida no se movió.
Y fue. Fue su propia inmolación, su no entender con qué estaba luchando y su muerte quizás anhelada por laureles de gloria.
El conductor del tren detuvo su marcha, bajó del vagón y vanamente buscó el cuerpo de ese insano que lo había desafiado. No lo encontró, pensó que quizás su cansancio le había jugado una mala pasada, subió a la locomotora y siguió su marcha.
Fue el cruce inadmisible de espacios y tiempos disímiles que en un instante conjugaron pasado y presente en un interrogante sin respuesta, en diferentes planos intersectados y diseñados irónicamente por sus respectivos destinos.
(Patricia)
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