No entro, tampoco me voy.
Hay un punto exacto donde el cuerpo duda y decide quedarse como si el umbral fuera suficiente.
Del otro lado todo tiene forma, nombre, rutina.
De este, solo el eco de lo que podría ser, y me quedo en la puerta con las manos quietas, como si tocar, fuera romper algo frágil que aún no existe.
Así pues, me siento suspendido, aprendiendo que a veces no pasar, no es ausencia, sino una forma que llega, para hacer por un momento, un alto en el camino.
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Rafael Blanco López
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