Lleva un alba de seda por corona,
un encaje de nubes y de luna,
donde el tiempo sus pasos abandona
para mecer su luz desde la cuna.
En sus ojos de abismo y de lucero
se ha guardado el misterio del espacio,
un brillo eterno, limpio y verdadero
que habita en su pequeño y fiel palacio.
Viste un cielo de sombras y centellas,
un mapa de cristal sobre su pecho,
como si el propio rastro de las estrellas
hubiera en su regazo un suave lecho.
Es la flor que en la noche no se apaga,
el \"detalle\" de Dios que al mundo vino,
la música que el alma siempre halaga
y le da pulso a nuestro amor genuino.
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