Parece que encontraste a alguien bueno
Por fin nos vemos.
Sigo torpemente inevitable,
como huevos recién rotos en la sartén.
Mis ojos, achinados,
se abren de más.
Intentan escapar en ese esbugalhamento
cómico, inoportuno.
Expiro la sorpresa
y se me resbala la mirada.
Te veo.
Como un juego de niños
que timbran y huyen,
un deja-vu despistado
llama a la propia puerta
y se va.
Te veo.
Dedos enmarañados
a otros dedos,
como espaguetis cocidos
con poca agua.
No se sueltan.
Tus labios
ya no vigilan.
Ya no son dragones
protegiendo a la princesa
en su torre.
Veo tus dientes.
Rubios.
Orgullosos.
La nostalgia de este reencuentro
ya no suena
a chicharras
en pleno verano.
Se queda
en el cuerpo,
como la sal
después de un buen baño de mar.