No hay rosa sin espinas, su fragancia
es parte de la belleza que hiere.
Su perfume persiste y nada quiere
del daño que se esconde en su elegancia.
Y así el amor, cual pétalo encendido
que al tacto ofrece aroma y, si lo quiere,
recuerda en su aguijón que nada muere
sin antes concedernos su latido.
Tomé la flor sabiendo su amenaza,
y en la palma sangró su breve historia;
mas nunca fue la herida la que abrasa,
sino el fulgor que guarda en la memoria.
La espina es ley, la rosa quien abraza,
y el precio duele menos que la gloria.