Hay una avidez sagrada no de posesión,
sino de esa dulce codicia del alma
que, hambrienta de belleza, extiende sus manos
hacia un jardín que jamás ha pisado.
Te imagino.
Y al cerrar los ojos, nace un paraíso
construido en la curva secreta de tu rostro;
como si tu cara guardara los crepúsculos
que Dios dejó olvidados sobre la tierra.
Pienso en tu mirada posándose en la mía,
leve milagro de agua sobre la sed,
y siento que en un solo instante tu semblante
podría alzarme como un himno hacia los cielos.
¡Qué misterioso fulgor tendría tu abrazo!
Sería como asirse a una rama de luna
mientras el pecho, temblando, reconoce
la patria que buscó sin haberla vivido.
Y tu cabello…
Lo imagino derramando su aroma despacio,
como bosque mojado después del verano,
como una música suave que se respira
cuando el amor todavía no se nombra.
Quisiera acercarme en la fragilidad del silencio,
rodearte apenas, como quien sostiene un ave,
y sentir tu cuerpo en ese abrazo leve
donde mi corazón hallaría su fuerza.
Porque hay ternuras que no han sucedido
y sin embargo duelen como recuerdos.
Yo te sueño así:
como un cielo que se inclina sobre mi noche,
como una belleza jamás tocada
que, aun distante, me salva.
Y si algún día tu rostro viniera a mi frente,
si tu mirada me escogiera un segundo,
creo que toda la tristeza del mundo
se volvería jardín bajo tus pasos.