Nos pusieron en fila,
como si fuéramos simples cuerpos
esperando avanzar.
No sabía tu nombre,
ni la historia detrás de tus ojos,
pero algo dentro de mí
se negó a verte como extraño.
Había en tu rostro
una herida conocida,
una calma que alguna vez fue hogar,
un silencio
que mi pecho entendía.
Te miré un segundo,
y fue suficiente
para sentir la ausencia
de algo que no recuerdo haber perdido.
Quizás fuimos sangre,
risa en una mesa antigua,
promesas dichas bajo otra lluvia,
o manos que juraron
no soltarse jamás.
Pero aquí éramos nadie.
Dos desconocidos
fingiendo que la vida
recién comenzaba.
La fila avanzó,
y te llevó lejos
como si no importaras.
Sin embargo, desde entonces,
cargo la extraña tristeza
de haber vuelto a perder
a alguien
que nunca conocí.