El asesino, no teme al castigo ni a la muerte. Teme a que se aparezca una noche, una tarde, una mañana, la víctima en exacta réplica. Entonces, el pulso le temblará, la visión borrosa se tornará, su nivel cardíaco acelerará... Implica también si la aberración, cometerá con la estricta regularidad con la que actuó la primera vez. Sumado a esto: los múltiples desengaños abigarrados, que lo revuelven en un remolino; confusas, lo enganchan sobre sus acciones; qué tan bien obró, cuántos testigos dejó, si el lugar era lo demasiado apartado, si el clímax era especial en sus huesos endiablados. Por otro lado, la consciencia se deforma constantemente, su delirio es cínico, su olfato se agudiza, su prepotencia se eleva cual efervescencia; espuma de sangre llena de grumos y eructos inconsistentes. Finalmente, cae rendido... Su caparazón se habrá vuelto en su contra, apretando sus cuerdas vocales, haciéndolo alucinar con un oasis vacío que inquieta, espanta, excita, subleva, y hunde... ¿Paz?... la única transición voraz prematura que podría conciliar, es aquella en donde ni la moral ni la cobardía se cruzarían... Solo una penetrante necesidad en su psique, en sus yemas, en sus remordidos labios... ¿Cómo lo lograría? A través de un nuevo crimen.