jesus alberto porras

¿Y si no florece?

 

¿Qué pasará cuando lo que siento ya no esté?

Cuando el silencio ocupe tu nombre

y ya no duela pronunciarlo.

Si esto que arde en mí fue incendio verdadero

o solo una chispa

jugando a ser eternidad.

La primavera se fue sin despedirse,

y el invierno llegó sin pedir permiso,

dejándolo todo suspendido

en un frío que no se ve…

pero se queda.

Ahora el sentimiento es un témpano de hielo

que quema desde adentro,

recordándome que hubo un tiempo

donde el fuego tenía tu forma

y habitaba en mi pecho.

El sol sigue naciendo sin nosotros,

y la luna, indiferente,

se recuesta sobre el mar

como si nunca hubiéramos existido.

¿Y qué pasa con quien se queda?

Con quien intenta brotar

en tierra donde ya no llueve,

donde el rocío no alcanza

para sostener la vida.

El tiempo no pregunta,

no se detiene,

no se quiebra…

solo avanza,

llevándose lo que un día juramos eterno.

Tal vez fue el olvido

afilando lentamente sus garras,

o tal vez fuimos nosotros

cediendo al desgaste

de lo que no supimos sostener.

Porque pasó… y aún no lo entiendo.

Pero te vi partir

tomada de otra mano,

y en ese instante supe

que no hay forma de detener lo inevitable.

El reloj siguió su marcha,

las estaciones cumplieron su destino,

y yo…

yo me quedé en medio del cambio,

sosteniendo lo que ya no era.

Y así fue nuestro amor:

intentamos sembrarlo

donde el alma no tenía raíz,

donde el tiempo no quiso quedarse…

y aunque lo cuidé en silencio,

aunque lo soñé infinito,

no germinó.