Soledad y gregarismo
Pero el destino, aunque a veces solitario, no es estático. Anoche, una llamada de mi hermana interrumpió la rutina. \"Ven a picar una torta\", me dijo, celebrando el cumpleaños de su esposo, mi cuñado. Y, aunque ya estaba empiyamado, me dispuse, me preparé y fui. Vestido de negro, rompí el celofán de la nocturna soledad, que a veces amenaza con asfixiarme.
Fue un encuentro de familia y amistades. Las risas, los abrazos, la conversa política, las anécdotas, la torta compartida y los brindis con mis hermanos de la vida llenaron un espacio que no se llena con la soledad elegida. Esas fotos son la prueba de que, aunque el camino sea escabroso, hay oasis de luz. Me vi en ellas, rodeado de afecto, y sentí la fuerza para volver hoy a mi trinchera, a mi diálogo interior, pero con el alma recargada.
Y en medio de este cotidiano bregar, donde el esfuerzo se funde con la nostalgia y la alegría del reencuentro, me reafirmo como un hombre que anda solo y acompañado por el mundo, que tiene quien lo quiera, con un amigo intrínseco: yo. He sido un servidor público, pero hoy, transitoriamente, soy soledad y gregarismo a la vez. No es una contradicción, es la realidad donde me debato y existo. Sueño con ser de nuevo útil a mi patria, de tener un buen cargo público, para afrontar el día a día personal y colectivo, individual y social, familiar y gerenciar, reinsertándome en un mundo que extraño y al que quiero consagrarme en el anochecer de mi vida.
Sueño y al despertar un remolino de ideas me invade; contemplo, analizo y despliego mi agenda, praxis que permite coexistir con la soledad que dejo en casa y la sociedad que palpo en el camino.
Solitario por la vida siempre ando y en el camino surge la compañía que señala que la vida tiene matices de aislamientos y de encuentros que ventilan perspectivas que le dan sazón al presente de cada ser humano.