Bendito el amor que ignora el calendario,
que asalta, inoportuno, entre las sombras;
ese que prescinde del lenguaje
y habita el cuerpo como un pulso inquieto.
Maldito el que se vuelve celda y vicio,
que enmudece el juicio y abre cicatrices;
maldito el que usurpa su nombre para el daño,
el que calcina en lugar de dar abrigo.
Bendito el amor de engranaje leve,
sin fisuras, latiendo a la vista.
Bendita mi suerte de nombrarte,
de descifrar en el roce de tu acento
la simetría de mi voz,
y el punto exacto donde avanzo.