En la lóbrega acera, de bruma amortajada,
yacía una figura de vejez encarnada,
con manos macilentas, de tiempo carcomidas,
vendiendo dulces nimios, reliquias de otras vidas.
Su faz, pergamino de siglos en quebranto,
guardaba en cada surco la crónica del llanto,
y en su mirar opaco, de lumbre ya extinguida,
latía aún, arcana, la obstinación de vida.
Oh mísera matrona de hálito postrero,
orfandad y abandono bordaron tu sendero,
fuiste jardín marchito, sin sol ni primavera,
un eco desoído que el mundo desespera.
Suspiros espectrales ceñían su semblante,
cual ánima proscrita de un tiempo agonizante,
y en cada caramelo, trivial, insignificante,
yacía un universo de pena delirante.
Yo, mustio peregrino de hastío consumido,
sin bríos en el alma, sin rumbo ni latido,
sentí en mis entrañables abismos desolados
un súbito deseo de darte mis pecados.
Toma, anciana triste, mis años ya marchitos,
mis días sin aurora, mis sueños ya proscritos,
que en ti aún flamea, aunque tenue y herida,
la ígnea persistencia de aferrarte a la vida.
Pues yo, deshabitado de anhelos y de calma,
arrastro mi existencia cual sombra sin su alma,
mas tú, en tu ruina de lúgubre belleza,
eres himno irreductible de humana fortaleza.
Y aun así, me desangro en silencios sin consuelo,
me asfixia esta existencia, me pesa hasta el anhelo,
no hallo redención, ni lumbre, ni salida,
tan sólo un hondo hastío que supura en la herida.
Si en trueque fuese dado trocar destino y suerte,
te diera mi mañana, mi tedio y hasta mi muerte,
que en mí no queda llama, ni fe, ni resistencia,
tan sólo esta fatiga de existir sin esencia.