La estrella no cae, se invierte.
Es un punto de luz que mira hacia adentro,
hacia el fondo de un niño que es el revés del cielo.
Esa estrella no guía, madruga el desamparo;
es un sol que ha decidido ser sombra
para no ver lo que alumbra.
Y en ese ángulo donde el espacio se quiebra,
aparecen los tres reyes de la nada,
gatos que son la guardia de una corona de frío.
No roban el cuero ni la suela de los zapatos:
roban la posibilidad de dar el paso,
la simetría del apoyo,
dejando al niño con dos pies izquierdos
en un mundo que solo sabe caminar hacia la derecha.
El robo es absoluto porque es doble,
uno izquierdo y el otro también.
Es la resta que no deja resto,
la orfandad de la huella en el asfalto,
mientras el hambre se vuelve un lenguaje
que nadie se atreve a pronunciar.