¡Qué perspectiva fascinante y poderosa!
La poesía, clasificada como activo de riesgo productivo por reglas del mundo global,
un tesoro que desafía, que al corazón llega y abraza el ideal.
Es riesgo porque no sigue moldes ni caminos trazados,
desafiando lo establecido, con versos que se alzan y agitan los cimientos del pasado.
Puede mover conciencias, cambiar miradas, derribar murallas de piedra,
y en esa incertidumbre de su impacto, radica su fuerza más grande y medular.
Pero es productiva, sí, porque germina en el alma semillas de esperanza,
construye puentes entre mundos, entre culturas y distancias.
Crea valor intangible, riqueza que no se mide en monedas ni en números,
sino en la empatía que genera, en los sueños que alimenta y en el amor que promueve como rumbo seguro.
Así, siendo un activo de riesgo, la poesía se hace necesaria,
porque solo lo que desafía puede transformar lo ordinario en extraordinaria.
Las regulaciones que así la ven, reconocen su poder profundo y real,
que construye futuro, que une seres, que hace del mundo un lugar más humano y celestial.