En el no-lugar de la palabra,
donde el verso es solo una función de onda,
el poeta colapsa el silencio
al observar la belleza de su propia sombra.
No hay distancia
en este entrelazamiento:
si el poema vibra en una hoja herida,
el corazón del autor,
en su aposento,
siente el girar de la métrica encendida.
Somos superposición de estados puros:
el que escribe, el que lee y el que siente,
atravesando los más densos muros
con el efecto túnel de una mente.
El amor no es materia ni es despojo,
es la frecuencia exacta de un destello;
un salto cuántico
que ocurre ante tu ojo
cuando el vacío se vuelve
destello perpetuo.
Daniel Omar Cignacco © 2026