Antonio Portillo

Era yo

No fue la altura quien me desnudó los huesos,
fue el instante exacto en que dejé de resistirme al golpe.
Lo que sube no es mío —lo supe tarde—,
mío es el peso con que la tierra reclama
cada átomo prestado.

El dolor no vino del aire roto
ni del impacto sordo contra el barro.
Vino después:
cuando el suelo abrió sus archivos bajo mi pecho
y me mostró, sin prisa,
todo lo que había fingido no saber.

Raíces de gestos que creí olvidados,
semillas de silencios que planté por miedo,
el mapa exacto de cada huida
dibujado en el revés de mis párpados.

Eso fue la revelación:
no el vértigo del descenso
sino el peso insoportable
de entender por fin
contra qué había estado luchando.

Y que era yo misma.

La tierra no castiga:
recuerda.
Y recordar, cuando se ha vivido de espaldas,
es el único infierno que no miente.