Amores para conservar

Poema VI/Ajedrez de dos tiempos

Yo no sé si fue en esta vida
o en la paciencia de otra,
pero desde que te encontré
tengo la sospecha de que el amor
no empieza cuando dos se miran,
sino cuando el alma reconoce
una antigua derrota de la soledad
y por fin se rinde.

A veces pienso en Borges
y en ese tablero donde las piezas avanzan
sin saber del todo quién las sueña;
entonces te miro
y comprendo que mis instantes contigo
no son pequeños:
son esas jugadas secretas
con las que el destino corrige su torpeza.

Y luego me ocurre lo más sencillo,
lo más benedettiano y más terrible:
te extraño en lo cotidiano.
En una silla vacía,
en una tarde absurda,
en el café que se enfría
mientras imagino que llegas
a ponerle ternura a mi cansancio.

Porque amarte no es solamente incendiarme,
aunque también seas fuego;
es esta forma extraña de pleitesía
con la que mi mundo te abre la puerta,
te guarda sitio,
te ordena la casa por dentro
como si todo lo vivido antes
hubiera sido apenas un ensayo de tu nombre.

Y si a veces la noche se parece a Neruda,
si trae su canción desesperada
y su manera de doler lo hermoso,
yo igual te espero:
con las manos quietas,
con el corazón de pie,
sabiendo que si vienes
hasta mis ruinas aprenderán a florecer.