Embriaguez
​Y otra vez, ebrio, me asalta tu desfachatez.
No sé qué castigo elegir: la lucidez sin tu cuerpo
o este licor que insiste
en pronunciarte desde adentro.
Ninguna copa te expulsa.
​La Soledad —piernas largas—
me guiña desde la penumbra;
hurgando entre sus faldas
encuentra el nervio vivo de mi cobardía.
​No hay droga más fiel
que esta angustia premeditada:
beber para gastar tu rastro,
para ir quemando, uno a uno,
los restos de lo que juraste
cuando aún cabías en mis manos.
​Ahora, perdido en la barra,
le canto a tu ausencia,
pido otra ronda —como quien insiste en perder—
y entiendo, al fin,
que no bebo para olvidarte:
bebo para merecerte menos.