Hoy, en mi océano de barcos hundidos pero no olvidados, salió a flote ese barco que juntos navegamos.
No te lo niego: al principio fue raro y causó tal asombro que tuve que buscar a un amigo para llorar en su hombro.
Después me preguntaba por qué ese barco salió a flote, si ya tú navegabas un nuevo bote. Miré fijamente aquel barco y allí vi la silueta de un corazón que miraba tristemente aquel océano.
Me seguía preguntando por qué ese barco salió a flote. Miré aún más fijamente y me di cuenta de que aquel valiente corazón se clavaba un puñal mientras velaba en la penumbra de la noche.
Aún me preguntaba por qué ese barco salió a flote, mientras veía cómo ese valiente y noble joven se bañaba en sangre sin ningún reproche. No derramó ni una sola lágrima, y eso me hizo entender que algo me faltaba.
Ya tenía una respuesta: ese barco salió a flote para que supiera que mi corazón lo había robado aquel pirata, ese que con falsas mentiras me engañó y se llevó el mejor tesoro que guardaba en mi habitación.
Lloré mientras miraba aquel triste y lastimado corazón que se desangraba mirando una sola dirección. Miré aquel punto que el, con tanta insistencia, observaba, y no muy lejos vi a aquel pirata.
Se encontraba en su nuevo bote y agarraba de la mano a una dulce princesa, rodeada de riquezas, lujos, un diamante y belleza.
Miré y miré fijamente, y mientras aquel corazón sufría en silencio, yo me quedaba sin vida. Ya que, por cada segundo de sangre derramada, era una esperanza que se perdía, pues, por culpa de aquel pirata, nunca volvería a ser la misma.