🇳🇮Samuel Dixon🇳🇮

Ni vendido ni rendido

 

Ni rendido ni vendido

Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.
La llama que nos duele quería ser un ala.
Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,
sabes también por dentro de una angustia rampante,
de poemas prosaicos, de un amor sublevado.

Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:
ese mugido triste del mar abandonado,
ese temblor insomne de un follaje indistinto,
las montañas convulsas, el éter luminoso,
un ave que se ha vuelto invisible en el viento,
viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.

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Da miedo ser poeta; da miedo ser un hombre
consciente del lamento que exhala cuanto existe.
Da miedo decir alto lo que el mundo silencia.
Mas ¡ay! es necesario, mas ¡ay! soy responsable
de todo lo que siento y en mí se hace palabra,
gemido articulado, temblor que se pronuncia.
Pensadlo: ser poeta no es decirse a sí mismo.
Es asumir la pena de todo lo existente,
es hablar por los otros, es cargar con el peso
mortal de lo no dicho, contar años por siglos,
ser cualquiera o ser nadie, ser la voz ambulante
que recorre los limbos procurando poblarlos.
                             Gabriel Celaya

No cuenten con mi voz para el encomio
que compra el poderoso en sus banquetes,
no esperen más sainetes
del yugo por lo cual el manicomio
reparte pan a cambio de rodillas.
Mis vértebras, astillas
que no saben doblarse ante el anillo
del amo ni el caudillo.

No traigo la cerviz domesticada
que lame cada mano tras el hueso,
ni cargo con el peso
de la conciencia ajena y su emboscada.
La frente traigo limpia de alfileres,
los sueños como ayeres
que nadie me ha podrido en la garganta
mientras el alba canta.

He visto al mercader de dignidades
poner precio a la lengua y al oído,
al justo convertido
en perro seguidor de voluntades.
Y he dicho: no. Mi boca no se alquila
por más que me encandila
el hambre con su diente corrompido.
No estoy en venta, no. No me han vencido.

Que otros vendan su sombra por un plato
de sustento, nictémero y pequeño
que truequen el ensueño
por el sillón seguro y el zapato.
Yo seguiré descalzo entre la arena
con mi verdad por vena,
con mi silencio a cuestas cuando toca,
pero sin mordaza en la boca.

No esperen que me rinda ante el espejo
que el poderoso pone en la mirada,
no aguardo la emboscada
de un futuro prestado y disparejo.
Mi porvenir lo escribo con las manos
de todos mis hermanos,
no con la tinta pálida y raída
que ofende hasta la vida.

Ni el hambre pudo hacerme traicionero,
ni la promesa fácil del establo
—donde reposa el diablo—
me convenció de ser su prisionero.
Quien quiera mi derrota que la espere
sentado mientras muere
el tiempo, que yo sigo caminando,
mi dignidad cargando.

No estoy rendido. No me han comprado.
Esta carne descalza sin escarcha
es lumbre que en la marcha
pues bebe de la lluvia del tejado,
no tiene precio, no conoce dueño.
Soy hijo del empeño
de aquellos que murieron con la frente
erguida, limpia, sin doblar el diente.

                                  Samuel Dixon