David Angel Cuerzola

MERCADILLO NOCTURNO

Bajo la luz que apenas se sostiene,
las formas se deshacen al mirarlas.
Gente duda, pasa o se detiene,
como si el irse también fuera negarlas.


Adoquines mudos guardan marchas militares.
Casas como castillos, ciegas, apagadas.
Y por sus muros,
una calle señalada.


La catedral desvela su figura,
y todo calla en honda arquitectura.


Caminan los niños, leves en sus vaivenes,
con la vibra del colibrí.
Los ancianos temen tropezar con las horas,
amusgan sus ojos para no dormir.


Proclaman los mercaderes sus desdenes,
baratijas que insisten en mostrarlas.
Cordones brillantinos engalanan
paquetes de dicha y de modestia.


Un varón cansado termina su recorrido,
ungue hasta el último candil.
Al irse, deja en sombra que perdura:
espirales de humo
y voces que murmuran.


Ya se aleja, con las manos oliendo a aceite,
con la sensación de haber tocado la noche.


Indiferente, la escalinata,
revestida con ligustros y trepadoras,
juega por debajo del puente,
y en su memoria empinada y porosa,
la sombra que el tiempo no desarma.


Mujeres, a tientas por las horas,
enrollan su esterilla,
testigo de lo ocurrido.


Y al final del recorrido,
una torre vigilada.
Más allá, unas velas
y olor a fonda,
como si el mundo insistiera
en quedarse...

 

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