Hay un niño que sostiene el centro del mundo
con una mano manchada de ángel y de intemperie.
No vende rosas,
ofrece la interrupción del perfume
entre las mesas donde el hombre se olvida de ser hombre.
Su rostro es una geografía de la espera.
Si la luz se niega a nacer,
es porque el amanecer ha comprendido
que no hay sitio para la claridad en los ojos del hambre.
Entonces la estrella se invierte,
el arriba es un abajo que lo madruga sin piedad,
un resplandor del revés que solo ilumina la carencia.
Aparece la trinidad de los gatos,
reyes de la sombra que no traen mirra ni oro,
sino el despojo absoluto del camino,
robarle los zapatos es quitarle la tierra a los pies,
dejarlo suspendido en un vacío doble,
izquierdo de soledad y también izquierdo de frío.
El niño no pide pan,
pide un ramo de voz,
una arquitectura de sonidos que sostenga su vergüenza en flor.
Porque el hambre no es un vacío del estómago,
es un vacío del lenguaje.
Dispárame con tres rosas, dice.
Que el impacto de la belleza sea la única herida
capaz de saldar la cuenta
de todo lo que no supimos leer en su mirada.