Amor mío,
puedo dibujar de memoria
cada una de las líneas
del perfil de tu rostro,
y esos bucles entre caoba y canela
que adornan tu pelo…
Reconozco el intenso perfume
a madera y penumbra
de tu suave piel,
tal y como mis sueños
lo grabaron en mi mente…
desde la primera vez.
Y aunque desconozca el nombre
de la ciudad donde vives,
conozco perfectamente
la geografía exacta de tu ausencia,
los relieves que dibujan
los ecos de tu voz
y los abismos profundos
de tu silencio.
No porque conozca los tiempos,
sino porque ellos han convertido mi espera
en un rito sagrado;
y cada vez que tus versos me llegan
me confirman,
mi amor,
que tú eres el eco que mi memoria
ya guardaba antes de ser,
esa canción olvidada
que mi mente siempre supo tararear.
Porque todo esto es real,
amor…
y no necesito un nombre para reconocerte,
pues mi alma conoce tu impronta
desde aquellos primeros versos
-donde tú-
pronunciaste mi nombre.
Y desde ese momento
no necesito un lugar concreto
para saber que al fin… te he encontrado.
Y aunque aún quede por leer
ese verso final que aún no has escrito,
hasta que llegue ese momento, amor…
serás el secreto más dulce
que ha latido en mi pecho,
y la única verdad
que mis sueños persiguen.
Porque el corazón siempre sabe llegar a su destino,
por mucho que a día de hoy…
no sepa la dirección.