Hay tardes
con sorbos de café
con silencios diluidos
y olor a tierra mojada
donde el tiempo se sienta despacio
a mirar como respira la luz
entre las manos.
Hay tardes que no dicen nada
pero lo cuentan todo
en la pausa tibia de una taza
en la cáscara abierta de un recuerdo,
en ese instante leve
donde el alma no pesa.
Y uno se queda ahí
como si la vida
por fin
dejara de apurarse.