Es difícil, respirar,
aspira el aire, aspirar
a un escalón por encima.
Es difícil, quien está
al lado está muy al lado,
rozando el ápice del vello
que sale del antebrazo,
y es que está tan cerca
no por amor, por, a través
del rozarse sentir un escozor
que suba y le nutra, no, es
por un afán de ocupar lugar
que no le pertenece, o que si
hubiese llegado antes sí, sin
así tener la necesidad de restar
a nadie —a mí— un espacio
que ocupo con todas las de la ley.
—Es difícil—. Pero por qué
no conformarse con un área
que baste para poder ser, estar,
existir —si te atienes al sentido
etimológico de existir: estar,
posicionarse hacia fuera, o sea,
el ser que tienes dentro emerge
y se expresa de mil y una formas—,
por qué, ¿Por qué esa manía tosca,
descocada, de arrebatar al que está
cerca el espacio que ocupa si basta
con el que tienes para ser, y optar
por acariciar, por tocar acariciando?
Es difícil, entender, darse por vencido
frente a ese instinto sin sentido
de competir en un mundo que precisa
amor, que no necesita de competencia
porque la supervivencia está asegurada.
¿Por qué hay que morir matando
y no amando? ¿Qué es necesario para vivir?