Luis Barreda Morán

Nada es para siempre

Nada es para siempre

El viento no guarda promesas:
pasa entre los árboles como un susurro
que apenas roza la memoria de las hojas.
Todo lo que toca cambia,
y en ese cambio deja su huella invisible.

Nada es para siempre,
ni la risa que estalla en la tarde,
ni la lágrima que arde en silencio.
Ambas nacen con la urgencia de lo efímero,
como si supieran, desde su origen,
que su destino es desvanecerse.

Los días se desgastan como piedras en el río,
pulidos por la corriente de lo inevitable.
Ayer fue un instante que creí eterno;
hoy es apenas un eco
que se pierde en los pasillos del recuerdo.

Las manos que un día se encontraron
también aprenden a soltarse.
No por falta de amor,
sino porque el tiempo, paciente y terco,
reordena los caminos sin pedir permiso.

Nada es para siempre,
ni siquiera el dolor que parece infinito.
Aunque se aferre, aunque pese,
también él se cansa
y termina por diluirse en la distancia.

Mira el cielo:
ni las estrellas permanecen intactas;
arden, cambian, desaparecen,
y aun así su luz viaja
como una despedida tardía.

Así somos: destellos breves
en la vasta noche del universo,
historias que comienzan sin aviso
y concluyen sin entender del todo
por qué tuvieron que terminar.

Pero en esa fragilidad
habita una forma secreta de belleza.
Porque si todo fuera eterno,
¿qué valor tendría el instante?
¿qué urgencia tendría el abrazo, la palabra, el beso?

Nada es para siempre,
y tal vez ahí radica la razón de aferrarnos,
de mirar más profundo,
de sentir más hondo,
de amar como si cada latido fuera el último.

Porque al final,
cuando el tiempo cierre sus ojos sobre nosotros,
lo único que quedará
no será la duración de las cosas,
sino la intensidad con que las vivimos.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Noviembre, 2021.