Hay nombres que no se dicen,
pero igual arden.
Cruzan el cuerpo
como un pulso antiguo,
ordenando el silencio
sin pedir permiso.
Algo en mí
fue dejando formas
unas claras,
otras apenas insinuadas.
Luz…
pero no intacta.
Sombra…
pero no enemiga.
Ambas respirando juntas
como si se conocieran
desde antes de mi historia.
Y en medio de ese tránsito,
una presencia suave,
casi imperceptible,
como manos que no tocan
y aun así sostienen.
María.
No como palabra,
sino como espacio.
Como un hilo silencioso
donde todo puede pasar
sin romperse.
Ahí,
lo que dolía
no necesitó explicación.
Lo que amé
no tuvo que quedarse.
Y entonces lo vi
sin esfuerzo,
sin buscarlo:
de todo
y de todos
algo quedó.
Una forma de aprender
incluso en lo que hiere,
incluso en lo que se va.
Todo encontró
una manera distinta
de habitar en mí.
Y sin darme cuenta,
algo se fue soltando.
No desde la fuerza,
sino desde una ternura
que no pregunta.
Como luz
que no expulsa la sombra,
sino que la acoge
hasta volverla parte.
Y yo,
apenas presente,
dejé de resistir
lo que siempre
había estado
sosteniéndome.