Me refugio en la soledad porque me apoya en los momentos más críticos de mi vida. Porque cuando necesité de un abrazo, ella me ha abrazado; cuando necesité un oído, ella me ha escuchado; cuando necesité silencio, ella me lo ha dado; cuando necesité donde llorar, ella me cobijó en su hombro.
Me refugio en mi soledad porque es mi amiga, mi tranquilidad cuando todo afuera es un caos, una amante espectacular y placentera, fiel a mis deseos. Ahora, mientras escribo, ella me acompaña, sentada en el sofá, al lado de la cama, porque la melodía que suena allá me envuelve en la nostalgia y me angustia, porque el pasado es el recuerdo de lo que fue y quisiera verlo volver, aunque yo sepa que no vale la pena. Pero no puedo negar que aquellos ratos fueron los más felices de mi vida y, aunque yo haya cambiado y él también, lo echo de menos.
Quisiera verlo una vez más, revivir esas mañanas en el parque de las cotorras, oír sus palabras de amor y yo permitiéndome envolverme en la farsa de un noviazgo inventado por dos amantes fingiendo ser libres para el uno y el otro. Ahora mi soledad me consuela con un mañana prometedor y yo me entrego a esa promesa mientras le juego al gato y me preparo para dormir.