—¿Por qué quieren siempre más? —preguntó.
Nadie respondió.
—¿Por qué viven como si no se fueran a ir nunca?
Silencio.
—¿Y por qué lastiman diciendo que es por amor?
Algunos bajaron la mirada.
Entonces entendió algo que no se enseña:
que el poder muchas veces se alimenta del miedo.
Y que el miedo necesita que creamos
que perder es lo peor que puede pasarnos.
Pero él ya sabía otra cosa.
Había perdido flores que no pudo salvar.
Había dejado crecer cactus que después le costó arrancar.
Había dudado.
Y sin embargo… ahí estaba. De pie.
Entonces entendió:
fracasar no es perder.
Fracasar es dejar de cuidar.Es endurecerse.
Es olvidarse.
Cuando volvió —porque siempre se vuelve—
encontró su rancho igual, su mate, su silencio y la flor esperándolo.
Se sentó a su lado
y vio que la tierra ya tenía nuevos brotes.
Sonrió apenas. Y empezó otra vez.
Porque entendió que la vida
no se trata de ganar o perder,
sino de cómo uno habita lo que le toca.
De no llenarse de espinas.
De no arrodillarse ante lo que asusta.
De no cambiar lo simple por lo vacío.
Y yo…
que te cuento esto como quien comparte algo
que no quiere que se pierda,
a veces pienso que ese muchacho no estaba tan lejos.
Que esa tierra no era otra.
Que el verdadero enfrentamiento no era contra los de arriba…
sino contra lo que crece adentro.
Porque vivir con alma de niño
en un mundo que te empuja a endurecerte…
no es fácil.
Pero es, quizás,
la única forma de no perder —de verdad— la vida.