Mari.o

LA CAZUELA

LA CAZUELA 

 

Reposaba en la cucaña toda clase de premios tradicionales para quien con pericia, lograra alcanzar la cima. Esta vez era diferente, porque en el pico del mástil fulguraba una cazuela. Diferente a cualquiera, hecha de una mayólica que remontaba los encantos palaciegos que adornaban los bártulos. Era pues, el tesoro al final del arco iris. Todos la codiciaban, nadie le quitaba la vista de encima. Aún sin tenerla en las manos, muchas personas se disputaban el derecho de poseerla. 

 

Del gozo amigable que de una celebración tradicional conlleva, se convirtió en una batahola que la turbamulta, llena de estentóreos, terminó en una huera barahunda. Quienes hace poco decían respetarse y quererse, quienes se vanagloriaban de su amistad se habían declarado enemigos. Pues detestaban la idea de que quien decía estimarlos, contradictoriamente no renunciaba al afecto de sus ambiciones para dárselos a ellos. Así pues, la semilla de la discordia había germinado dentro de ellos, y entre múltiples rivalidades, muchos intentaban asir la cazuela sin éxito alguno, pues en el intento de ascensción, una patada o un manotazo hacían caer al rival. Uno por uno, con estratagemas fracasadas y ridículas.  Nada daba resultado. 

 

De esta suerte, la gente reunida decidió tirar de aquel ensebado palo y sacudirlo con castigo como la rama que se niega a tirar de sus frutos. Comenzaron a caer los vulgares premios de los que nadie procuraba recoger. Algunos sepultados bajo el lodo y el estiércol, otros, pisoteados y destruidos por la estampida psicótica. La cazuela seguía allá arriba sin rendirse hasta que de ipso facto cayó. La respiración se detuvo mientras los ojos descendian con el objeto hacia esa masa despellejada que asediaba la corona. 

 

Cuando la cazuela cayó por fin a las manos que se alzaron más que las otras, otras manos la rodearon y comenzaron a tirar de las asas. La respiración continuaba enmudecida pero a ratos carraspeante y jadeante, digna del entretenimiento de los demonios del Edén. De un lado a otro, la cazuela no resistió y una asa se rompió —¡pecatto!—condenaron algunos. Otros lloraron amargamente. Todos se retiraron, y la cazuela quedó ahí, en el piso, casi intacta. Con un oreja mutilada—casi intacta—, pero ahora en el reino de la indiferencia.