“Hurgando en tu mirada yo supe que había cielo”
Dijo Leonardo Favio alguna vez.
Y yo, sin embargo,
no necesité mirarte a los ojos para ver el cielo que eras:
Tristemente,
me equivoqué.
Y no lo sabía.
¡Es cierto!
Pero ahora lo sé.
La próxima vez tendré que mirar bien,
porque nunca hubo cielo en tus ojos,
esos dos cuervos negros
incrustados en mi sien.
En mí,
cien…
Cien veces tuya, como una triste rehén,
condenada para siempre a ese falso Edén,
que cada tanto se libera
pero siempre muere por volver.
“Hurgando en tu mirada yo supe que había cielo”
Dijo Leonardo Favio alguna vez…
Y yo, sin embargo,
sigo sin ver.