*A mi hija María
María aprendió primero el idioma del ruido,
el silbido áspero de la calle al anochecer,
las puertas cerrándose como advertencias,
y el hambre -esa maestra sin rostro-
dibujando su nombre en la pared del tiempo;
pero no se arrodilló ante la sombra,
la rompió con las uñas, con los dientes, con los días…
y al final escribió su destino con tinta de rebeldía.
Creció entre grietas que parecían eternas,
con sueños remendados y zapatos cansados,
viendo cómo otros caían en la trampa del polvo y la prisa,
mientras ella recogía pedazos de futuro
como quien arma un sol con fragmentos de vidrio;
nadie le regaló la llave,
ella misma forjó la puerta y el camino…
y hoy camina erguida, dueña de su propia valentía.
Ahora el mundo pronuncia su nombre distinto,
ya no como eco perdido en calles sin mapa,
sino como promesa cumplida,
como llama que no pudieron apagar los inviernos;
su oficio es un puente hacia lo que soñaba,
su mirada ya no pide permiso,
y el mañana se abre como un libro sin miedo…
porque aprendió a vencer, a latir, a existir con osadía.
Y yo la nombro -María- como quien nombra un milagro,
no de esos que caen del cielo sin historia,
sino de los que sangran, luchan y se levantan;
la admiro en la quietud y en la tormenta,
en su risa que aún guarda cicatrices luminosas,
en su fuerza que no necesita testigos,
en su luz que no negocia con la noche…
porque la quiero, la admiro, noche y día, María.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026