Se detuvo el mundo.
No fue un muro, ni un grito:
fue un punto muerto,
un espacio de nada entre los dos.
Y fue tan grande el silencio
que el desamor cupo entero en él,
como un navío que se rinde
al encallar en la arena del olvido.
Yo te quise. (¿O era el verbo
el que nos quería a nosotros?)
Yo te amaba, lo sé,
pero no sé qué pasó.
Tal vez la luz cambió de sitio
y no supimos seguirla.
Ya los jazmines se guardan su secreto,
no nos dan su perfume.
Hay una bruma de duda en el aire
porque el cuento, esa forma de vernos,
se terminó de repente.
Y mientras tanto, tus pupilas
se van lejos, a buscar un final,
un azul que no sea este nuestro.
Yo me quedo aquí,
revolviendo el tiempo en estantes,
ordenando libros que son espejos
de un hombre que fui y ya no recuerdo.
Oigo tu voz, tus besos
que viajan por el hilo del teléfono,
y la lluvia me inventa un espejo
donde te veo mejor que si te mirara.
Tu sonrisa ilumina
lo que hay de estudio y cocina,
se enreda entre las copas y el café,
como una música que no necesita oyentes.
Nada de esto importa, dicen.
No es la suerte, ni los años,
ni el azar que nos miente.
Es solo esto:
esta forma de estar, de perderse,
de ser nosotros, al fin. De esto se trata el amor.