José Luis Barrientos León

La Exactitud del Silencio

 

Se detuvo el mundo.

No fue un muro, ni un grito:

fue un punto muerto,

un espacio de nada entre los dos.

 

Y fue tan grande el silencio

que el desamor cupo entero en él,

como un navío que se rinde

al encallar en la arena del olvido.

 

Yo te quise. (¿O era el verbo

el que nos quería a nosotros?)

Yo te amaba, lo sé,

pero no sé qué pasó.

 

Tal vez la luz cambió de sitio

y no supimos seguirla.

Ya los jazmines se guardan su secreto,

no nos dan su perfume.

Hay una bruma de duda en el aire

porque el cuento, esa forma de vernos,

se terminó de repente.

 

Y mientras tanto, tus pupilas

se van lejos, a buscar un final,

un azul que no sea este nuestro.

Yo me quedo aquí,

revolviendo el tiempo en estantes,

ordenando libros que son espejos

de un hombre que fui y ya no recuerdo.

 

Oigo tu voz, tus besos

que viajan por el hilo del teléfono,

y la lluvia me inventa un espejo

donde te veo mejor que si te mirara.

Tu sonrisa ilumina

lo que hay de estudio y cocina,

se enreda entre las copas y el café,

como una música que no necesita oyentes.

 

Nada de esto importa, dicen.

No es la suerte, ni los años,

ni el azar que nos miente.

Es solo esto:

esta forma de estar, de perderse,

de ser nosotros, al fin. De esto se trata el amor.