¿Qué resiste tu copa?
Las miradas que cautivan.
No es pintura de hombre,
es paisaje que da vida.
Tus hojas, como arenillas,
no hay pantano que les tema;
tus raíces no se inundan,
son más fuertes que la tierra,
y esa sombra que acoge
a caminantes sin fronteras.
Tú, mi bello olivo negro,
no te escondas de la arena;
creciste entre tempestades
y brillas sin ser estrella.
Te admiro y cuento los días
para verte reverdecer,
hojas que caen salinas,
hojas que no he de temer.
Porque hasta al caer enseñas
que todo vuelve a nacer.
Cuando estoy bajo tus pies,
mis manos te tocan sin pena,
como quien toca en silencio
a un admirable ser.
Creado por el poder
de la mano y del amor
de muchísimos años,
de paciencia y de calor.
Qué mirada nos robas
a los que pasan por tu orilla;
nos saludas con el viento
para anunciar tu presencia,
y hasta el polvo del camino
se detiene en tu paciencia.
Habladme en silencio:
¿por qué encantas a doncellas?
Y dime quiénes, en tu presencia,
grabaron sus amor por siempre.
¿Fuiste testigo de promesas,
de besos, lágrimas y esperas?
Oh, ¿tú también recitas
cuando despierta la noche?
Dulce calma derramas
para que duerman pajarillos
en los filos de tus ramas,
mientras la luna se inclina
a escucharte entre la brisa.
Decidme si descubriste colores
cuando te toca el cielo,
o si aconsejaste amores
de luna y de destellos.
Si guardas secretos viejos
que nadie más ha sabido,
si el tiempo te habló despacio
como se habla a un amigo.
Bello y sabio olivo,
perdona por hablarte tanto;
mejor te dejo en tu campo,
donde nadie te aflige,
donde te abraza la paz
para sentir que vives.
No cambies, olivo negro,
olivo de piel y boca,
olivo que me enamora,
olivo que me transforma.
Olivo que en tu silencio
más que mil voces provocas.