Llevado por el ímpetu inguinal
despierta lo que estaba adormecido
y en busca del placer desconocido
reniega de su estado virginal,
y ansía descender hasta el final
por el monte de Venus que tupido
esconde en su espesura lo prohibido,
el fruto del pecado original.
No hagas caso, mi amor, a los rubores
furtivos que enrojecen mi semblante
y aplácame, suspira: los ardores
que abrasan mi epicentro en este instante.
Y exhaustos, sin entrar en pormenores;
llegaron al momento culminante
del clímax delirante.
Pues si la fiebre por yacer aprieta
ni el sexto mandamiento se respeta.