Somos probabilidad pura.
No estamos hechos:
nos estamos pronunciando en la grieta.
Somos la fluctuación del átomo
antes de entregarse a la forma,
un pulso suspendido
en el umbral del quizá.
Nada en nosotros permanece —
ni la cicatriz,
ni el destello—
y sin embargo,
algo abre los ojos
desde el centro mismo de lo que somos.
No es un juez.
No es un origen.
Es el vacío
reconociéndose en su propio silencio:
El Observador.
Ahí,
donde la superposición se inclina hacia el instante,
donde el universo
deja de ser cálculo
y se vuelve carne que tiembla.
No hay cosmos sin mirada.
La realidad no nace:
se desvela —
herida que aprende a decirse.
Cada vez que miras, te eliges.
Cada vez que nombras,
arrancas lo infinito de su eternidad intacta
y lo obligas a latir en forma.
Pero ahí —
justo donde el fuego recuerda su origen —
lo invisible te alcanza:
no eres tú quien mira,
es la posibilidad
abriéndose paso a través de tus ojos.
Y en ese cruce,
sin dueño ni distancia,
la nada se pronuncia
y el mundo ocurre.
Antonio Portillo Spinola