Cual sol en el invierno,
Anduve oculto y perdido,
Ausente y sin apenas luz ni brillo,
Oasis oscuro, miedo muerto.
Creí estar, o más bien soñé,
Con él, con el demonio de la noche,
Incluso creí ver la silueta de Caronte,
Pero nada, fueron los buitres
Los que casi me comieron,
Por querer buscar fuera
Lo que ya llevaba dentro.
Pero qué genio tan ingenuo,
\"Quién osa apagar el fuego avivando más fuego? \"
Conversé a muerte con mi ego,
tan solo un simple necio,
tremendo invierno, jodido esperpento,
Llantos y lloros de por medio,
Y tan solo un abrigo que hacía de testigo:
El cuaderno, ese psicólogo en silencio.
Vaya infiel de recuerdos,
Qué tiempos aquellos,
alma de lamento,
tinieblas en cimientos,
Penuria sin destello,
Lares hechos de sueños rotos y siniestros,
oscuro, moribundo, sucio..
Corazón insano, mente sin lienzo.
alma aún no nacida en el tiempo.
Qué turbio todo aquello,
Pero qué cierto, curioso e irónico
Que si no fuera por las llamas de aquel infierno...
no me sería posible escribir estos versos,
Como aquel poeta del renacimiento
que ansía la llegada del renacimiento,
dichoso dónde se encuentre el conocimiento.
Respirando el último aliento,
cual Buda meditativo,
un mensaje doy al mundo
y al multiverso infinito:
Cuán obvio es sentirse vivo y seguir viviendo,
Siendo tú mismo
el único exclusivo portador del fuego eterno y tierno.
Ya sea en la barca de Caronte
o en el destierro conociendo a Lucifer;
Pues el verdadero trofeo ya se sabe cuál es:
El conocerse uno mismo,
para la revolución del ser.