La culpa.
La vergüenza.
El saco.
Me la dejaron encima como marca qué no sé borra,
como una herida qué lástima aunque el tiempo lo recorra.
Aprendí a tallarme sin jabón, a odiar mi piel, como si pudiera borrar lo qué nunca debió dañarme.
Me sentía sucia, y no siempre se grita a veces se queda muda como sombra qué habita.
Un olor qué no se ve, pero se queda en la piel,
lo cargo sin entender por qué tuvo qué ser.
Lo escondo en los huesos,
lo guardo sin nombre
Hasta qué el asco, en exceso, se vuelve todo mi nombre.
Ya no es palabra,
ni siquiera memoria,
es el cuerpo qué habla sin pedirle a la historia.
La suciedad no fui yo, fue la violencia, el silencio, las manos...
Todo lo qué dolió y
me dejo en este infierno.