No eres mío,
pero habitas en cada rincón
donde mi mente descansa.
Te nombro en silencio,
como se nombran los deseos imposibles,
con cuidado…
para que no duelan más de lo que ya duelen.
Hay algo en ti—
no sé si es tu risa,
o la forma en que el mundo se suaviza
cuando sonríes—
que me desarma.
Y tus ojos…
claros, tibios, inalcanzables,
como una promesa que nunca hice
pero que igual rompí.
Te miro
como se mira al horizonte:
sabiendo que jamás podré tocarlo,
pero sin poder dejar de intentarlo
con la mirada.
Me duele quererte
en este idioma sin respuesta,
en este amor que no regresa,
en esta historia
que solo existe de mi lado.
Porque tú sigues intacto,
ajeno, libre…
y yo aquí,
aprendiendo a amar
sin ser elegida.
Y aún así,
si volviera a empezar,
te elegiría otra vez—
aunque el final
fuera exactamente el mismo.