Ahí estabas, moviéndote a mi ritmo:
te adelantabas cuando te observaba y,
cuando creía alcanzarte, te perdías.
Te buscaba; pasaste desapercibida detrás y,
por un instante, fui yo quien huía.
Conseguiste quedarte a mi costado,
acompañándome con un brillo más nítido, pero reducida.
Avanzabas y crecías hasta volverte difusa.
Me detuve; alcanzaste a ser apenas visible y,
atrás, apareció otra forma con el brillo que te pertenecía.